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Con la Educación No Se Juega

Autor: Patricia Garcia Calabria | Fuente: Mujer nueva

Educar no es tarea fácil y mucho menos, lo es, el hacerlo con resultados exitosos.

Con la Educación No Se Juega
En primer lugar intervienen en éste emprendimiento, diferentes personas, (el padre, la madre, el hijo, el maestro, etc). Cada una de las cuales aportan en la dinámica, rasgos de su temperamento, personalidad y hasta de situaciones de vida por las que están atravesando en determinado momento. Es decir, cambios de ánimo, que pueden generarse por ejemplo, por el éxito o el fracaso laboral, entrada a la adolescencia, a la menopausia, muerte de algún ser querido, cambio de casa, de colegio, etc.

Otro de los factores que influyen a la hora de educar, es el contexto socioeconómico al que pertenecen los individuos integrantes del conjunto (el club del que son socios, el deporte que practican, el colegio al que concurren, el barrio en el que viven, etc.).

Todos estos factores convierten a la educación en una tarea dinámica que debe ir amoldándose a los cambios de escenario impidiéndole volverse estática, en cualquier punto de su trayectoria y obliga a los educadores a sumarse a los usos y costumbres propios de cada época.

Mucho se ha hablado del liderazgo y de su importancia en el terreno educativo.

Es muy cierto que todas aquellas personas que, poseen las características del líder obtienen beneficios en el corto plazo. Los líderes, cuentan con la aprobación de sus seguidores, al mismo tiempo que son respetados y admirados por ellos. En general, no sólo son emulados, sino que también sus mensajes suelen ser claros y precisos, lo que les permite una llegada directa al grupo que lideran.

Pero lo cierto, es que no todos los educadores cuentan con éste perfil, ya que es un atributo que viene de fábrica, como el color de los ojos, la contextura física, o cualquier otro rasgo que hace a la persona, pero tiene origen genético.

Sería absurdo pensar que la educación con resultados exitosos, sólo puede ser llevada adelante por los líderes.

Es evidente, que en éste mundo hay excedente de ineptos y no hay regla alguna que deje a los educadores fuera de ésta realidad, lo importante es mantenerse alerta para evitar el contagio.

En materia de educación, si, se debe tener presente que las equivocaciones no se pagan con despidos o juicios por mala praxis. La consecuencia no es nada más ni nada menos que la deformación de un individuo, con el agravante de que éste, es en muchos de los casos, el propio hijo.

Cuando el que se equivoca es el maestro, la situación es menos complicada, ya que estará en manos de sus superiores evaluar su desempeño como educador y de ese modo actuar como una suerte de ente regulador, que decidirá sobre su eficiencia en los resultados. Si el objetivo no se cumple, como en cualquier otra empresa, la institución, podrá prescindir de sus servicios y así reparar el daño.

Pero, ¿qué pasa cuando se equivocan los padres?

En estos casos, no existe ninguna figura que esté por encima de ellos. Los padres son la máxima autoridad del hogar y no se reportan a jefe alguno, nadie los supervisa, no hay quien evalúe su trabajo. La consecuencia de sostener en el tiempo una mala educación, proveniente de los padres, incidirá directamente en los chicos, a los que no solamente se le estará transmitiendo el cien por ciento de la información genética, sino también todos aquellos elementos que harán de ellos, individuos con problemas de conducta, de adaptación al medio, con comportamientos inadecuados y en algunos casos más graves, traumas psicológicos o desórdenes severos de la personalidad.

La tarea de educar, es tal vez de todas, la más seria. Los padres sobre todo, deben asumir éste compromiso diario, sin olvidar por ningún motivo la responsabilidad que significa, el hecho de tener en sus manos el futuro de sus hijos y lo mucho que gravitará en él, la calidad de su desempeño.

Cuando se educa, se transmite. El adulto, es quien tiene que saber encontrar la llave que le permita entrar al mundo de los chicos para establecer una comunicación fluida y evitar comportamientos anacrónicos. Es evidente que el que transmite, tiene respecto del que recibe, una posición superior en cuanto a experiencia. Sin embargo en las relaciones entre padres e hijos esa superioridad, puede jugar en contra, sobre todo, en aquellos casos en los que se marcaran exageradamente las diferencias. El abismo generacional, es uno de los peores enemigos de la comunicación y en general, si se cae en él, no hay retorno posible. Por este motivo, es de suma importancia, que antes de comenzar a transmitir principios educativos, tanto padres como docentes, aprendan a bajar del púlpito, por que de tanto mirar hacia arriba a los chicos se les cansa el cuello.

Es interesante tener presente, que los mismos chiquitos a los que les enseñamos todo, (comer, caminar, hablar, escribir, leer, pensar, etc.), motivo por el cual nos sentimos respecto de ellos superiores, serán los mismos que mañana, nos pagarán el geriátrico o para no pecar de drásticos, nos muestran hoy, como scannear una foto, mandar un archivo adjunto o a usar el power point.

Amar a los hijos, es el punto de partida, pero no es suficiente. Lo más difícil, es saber poner ese amor en acción.

Cuando no se cuenta con elementos naturales como podría ser el liderazgo, se puede recurrir a otros que están al alcance de todo aquel que los quiera ver y usar y que podrían ser el complemento ideal del sentido común a la hora de aplicar criterios. Estas herramientas no son patrimonio de ninguna elite y pueden ser usadas por todo tipo de individuos, persiguiendo como único fin, los resultados y minimizando las diferencias de personalidades.

Las herramientas de las que hablo, son, la responsabilidad, la dedicación y la abnegación.

Responsabilidad

Cuando dos personas deciden ser padres, deben comulgar con la idea de que ésta tarea los acompañará por el resto de su vida.

Ser padres responsables, implica hacer un seguimiento del desarrollo de los hijos, que les permita conocer cada detalle de la vida de éstos, de tal manera que hasta puedan adelantarse a los acontecimientos.

Acompañarlos hasta el despegue, requiere de la sabiduría necesaria que permitirá ir variando de conductas tantas veces como sea necesario y de éste modo lograr el objetivo deseado, en cualquiera de las etapas por las que los chicos transiten.

En la edad más temprana los niños y los padres se valen del lenguaje corporal, el que predomina por sobre el intelectual.

La comunicación en ésta etapa se remite a lo expresado por el cuerpo.

Se intercambian caricias, besos, abrazos, la madre duerme al niño en sus brazos, le canta canciones, etc. El chico por su lado encuentra placer en el comer, vaciar sus intestinos, recibir el calor de sus padres y percibe el entorno a través de la vista, el tacto o el oído. No tiene conciencia de que todos sus actos requieren de una orden enviada por su cerebro y son incapaces de racionalizar. Se limitan a sentir.

En el despertar social, momento en que el niño comienza a relacionarse con personas ajenas al entorno familiar, las maestras jardineras se siguen valiendo del lenguaje corporal por algún tiempo y van incorporando de a poco el intelectual a través de estructuras sencillas, como canciones o juegos, a la par de los padres que hacen lo propio dentro del hogar.

En la adolescencia, la cosa se complica. El bajito crece y se convierte en un ser pensante, pero carente de elementos. Es un chico grande, pero un grande chico, sueña más despierto, que cuando está dormido, cree saberlo todo sin saber nada, confunde los sentimientos con las sensaciones y su inestabilidad lo lleva a cometer tantos errores, que complican hasta lo más sencillo. No conocen el significado de la palabra introspección y creen que el aturdirse les ayudará a sortear obstáculos, Hacen de la osadía su escudo de batalla y casi siempre se mueven a los tumbos. Es que los pobres no saben que hacer con tanta información sin procesar.

La responsabilidad de los padres radica en estar presentes, siendo el principal sostén y guía al mismo tiempo, sabiendo poner los límites en el momento justo sin asustarse. Los límites no atentan contra la libertad, encausan y ordenan. Solo es verdaderamente libre aquel que se conoce a si mismo y que se acepta tal cual es.

Los chicos son espontáneos, transparentes, irreverentemente directos, transmiten alegría, invitan al cambio, contagian vida.

Estos seres puros merecen desarrollarse plenamente y son los padres los responsables directos de lograrlo.

El crecimiento cronológico de todo individuo, coincide con el de la madurez psicológica. Es sumamente importante acompañar el proceso, combinando los ingredientes en su justa medida.

Un ejemplo podría ser, la diferencia que existe entre la etapa “Realizar tareas” y la de “relación” y de como, los padres deben ir variando su conducta, conforme sus hijos van transitando de una etapa a la otra.

En los primeros años de vida, los padres transmiten a sus hijos, todo el amor que sienten por ellos, realidad casi exclusiva hasta el despertar social del niño.

Es en éste momento, en el que el chico comienza a tener conciencia de las responsabilidades que debe asumir (guardar los juguetes, bañarse, ordenar el cuarto, etc.), el período en que debe ponerse el énfasis, en la etapa “realizar tareas”.

Son las primeras obligaciones con la que se enfrenta el niño, que hasta el momento, había percibido del entorno, la disposición de darle, sin exigirle algo a cambio. Es entonces el tiempo de comenzar a recibir y entregar, de formar sus responsabilidades y acostumbrarlos a un método. De manera que los padres y maestros deben trabajar a la par de los chicos, hasta tanto éstos, asimilen la nueva dinámica y alcancen la madurez.

Tener asignada una función comunitaria dentro del grupo familiar, es un punto que no debería omitirse. Es común en algunas familias que al terminar de comer, en lugar de ordenar entre todos la cocina, en cuestión de segundos, se genere un movimiento similar a la diáspora. Cada chico dispara para su lado y ninguno se cuestiona que los platos que ensuciaron, alguien tiene que lavarlos, secarlos y guardarlos. Se desentienden del tema, argumentando que tienen que ocuparse de sus tareas, lo que en realidad es para su exclusivo beneficio y no le quita ni le agrega nada, al resto de los integrantes de la familia.

Cuando los padres trabajan, no lo hacen sólo para si. El salario que gana el padre, es destinado en parte, a satisfacer las demandas de los hijos, al igual que cuando la madre ordena la casa, además de su cama, tiende la de sus hijos, limpia el baño que usaron todos o plancha la ropa de la familia.

Si los padres, adoptan para si, como un hecho natural el trabajar diariamente para obtener un beneficio propio, pero además lo hacen extensivo a sus hijos, ¿Por qué no deberían sostener un comportamiento coherente induciendo a sus chicos a imitarlos?

Que estudien, está bien. Que ordenen su cuarto también, pero son tareas que sólo los benefician personalmente. Mientras que al sacar la basura, lavar los platos, cortar el pasto o limpiar la pileta, están favoreciendo al resto de la comunidad.

Un individuo maduro, no necesita que le indiquen lo que debe hacer, por si sólo, conocerá cuales son sus obligaciones y cumplirá con ellas.

Cuando se llega a éste punto de madurez, es cuando los educadores, deben trasmitirle su voto de confianza y dejar de lado la etapa “realizar tareas” para comenzar a trabajar en la de “relación”. El trasmitirle a los chicos, la idea de que se confía en ellos, sin dudar en ningún momento de su palabra, no sólo les dará seguridad, sino que podría ser un elemento de astucia empleado por el educador. Este elemento entonces, se convertirá en el condicionante, que servirá para evitar que falten a su obligación, por el solo hecho de no traicionar la confianza que el adulto depositó en ellos.

En la etapa de “relación”, los padres con los hijos, maestros y alumnos tienen un trato más parejo. A medida que el chico alcanza la madurez intelectual, pueden compartirse actividades, pensamientos, conversaciones, es decir, le es más fácil a ambos, intelectualizar el trato.

El adulto pasa de tener que preocuparse por controlar que las cosas se hagan, a darlo como un hecho y entonces poder compartir más momentos de esparcimiento con el joven. Puede avocarse a la tarea de “relación”casi de lleno.

La responsabilidad del adulto educador, va mucho más allá que cubrirles tanto al niño como al adolescente las necesidades básicas. Es saber captar los cambios que son propios del crecimiento e ir adaptando actitudes que irán apareciendo a medida que la situación así lo requiera. Es cuestión de observar con atención y actuar en consecuencia.

Dedicación

La dedicación es otro de los elementos importantes con que cuentan los adultos que tienen en sus manos la tarea de educar.

Dedicarse a los chicos es delegar lo menos posible, es hacerse cargo en forma personal, aunque más de una vez esto complique nuestra propia actividad

El ser padres es un privilegio y los hijos son el mayor de los regalos que la vida puede dar.

Educarlos con éxito, requiere de un trabajo artesanal, sería imposible pretender que ésta tarea, estuviera en manos de los abuelos, el hermano mayor, alguno de sus docentes o la empleada de la casa, sino que por el contrario, debe realizarse y supervisarse exclusivamente en forma personal.

La comunicación juega un papel muy importante.

Si se quiere lograr una buena educación, primero debe buscarse el éxito en la comunicación que se establezca entre las partes involucradas.

Comunicarse no es nada más, mandar el mensaje. Una vez que el concepto se transmitió, requiere de un seguimiento, se debe comprobar que llegue al receptor, se codifique, se asimile, elabore y acepte, para luego poder aplicarse en la práctica. Si no se verifica dicha aplicación, no existe la retroalimentación, lo que equivale a decir, que en algún lado se interrumpió la comunicación, es decir en algún tramo, el cable está cortado. Lo que obligará a detectar la falla y repararla.

Así como el artista se enamora de su obra, los padres dedicados viven enamorados de sus hijos, ellos son su obra maestra y el mayor de los orgullos.

Los hijos de padres dedicados se diferencian claramente del resto. Ellos fueron moldeados con paciencia a través del tiempo, para ser presentados ante el mundo.

El educar de algún modo es, si se permite la analogía, un trabajo artesanal que se comparte y se disfruta. Pero ¿qué clase de artesano se atribuye el éxito de una obra que no le pertenece?

En la primera etapa de la vida, los niños se identifican más con la madre que con el padre, lo que equivale a decir que la mujer es la figura preponderante y el desempeño de su papel es de vital importancia en la educación del hijo.

En sus manos está casi toda la responsabilidad del trabajo. Todo lo referente al vínculo afectivo, recae sobre ella. El niño hace contacto con su madre, casi exclusivamente y desarrollan una relación simbiótica que no es más, que la prolongación de los nueve meses de embarazo, tiempo en el que ambos, funcionaron como uno.

Durante ésta etapa, el niño reconoce la figura del padre, sabe de su existencia, pero aún no lo descubre. No sabe bien de que puede serle útil en su vida, la presencia de ese señor de un metro ochenta que vive con él y su mamá.

A medida que el niño alcanza la madurez intelectual, la figura de su padre, se incorpora dentro de su esquema como un punto de apoyo y un elemento más, con el que puede contar y entonces, le permite pasar. Conforme lo va descubriendo, se solidifica el vínculo entre ambos, el que va incrementándose, hasta equipararse en importancia al de la madre y hasta a veces puede superarlo.

Ser padre, es una tarea estresante y maravillosa, que si se hace con dedicación permitirá ser el principal testigo de los logros de los hijos. Dedicarles tiempo, no es una pérdida, es más bien una inversión, mientras que el no hacerlo en cambio, es perderse la mejor parte y lo que es peor convertirlos, parafraseando a un grande, en “huérfanos con padres vivos”.

Abnegación

Cuando se habla de abnegación, se habla de sacrificio.

Anteponer los intereses ajenos a los propios, requiere de una entrega personal, que solo es posible si existe amor.

Desde el momento en que un individuo decide ser padre, parte de su vida habitual, deja de pertenecerle y se verá obligado a reacomodarla, para dejarle un lugar a ese nuevo ser que con su llegada, alterará su rutina.

En el mundo actual, los individuos corren una suerte de carrera por el éxito económico y material, que les demanda gran parte de su tiempo. Ésta realidad, Contribuyó a que se trastocaran los valores de tal modo, que lo verdaderamente importante pareciera haber perdido vigencia.

Por otro lado las mujeres y los varones intercambian sus tareas sin tener en cuenta rótulo alguno, que marque la diferencia que de hecho existe entre ellos, aunque no se quiera ver.

Las mujeres trabajan en la calle a la par del hombre y los varones se ocupan de los quehaceres domésticos, incluyendo a los hijos, para así cubrir, la ausencia de su mujer. Para muchos, este sistema, es un signo de modernismo y no tienen reparo en denostar, el tipo de vida de los antepasados en donde los roles estaban muy bien diferenciados.

Ésta visión feminista, surge como reacción, después de años de soportar la marginación impuesta por el varón, que la llevó a ser sojuzgada al punto de rebajarla, a la categoría de un objeto. Pero como toda reacción, pretendió contrarrestar, sin tener en cuenta el factor equilibrio.

La verdad es que el hombre y la mujer son bien diferentes. Lo son en las exteriorizaciones más simples, como podrían ser, su contextura física, sus hábitos o posturas y en las más complejas, como su actividad cerebral, hormonal o estructura de pensamientos.

El varón es el opuesto perfecto de la mujer y viceversa y como tales distan mucho de ser iguales.

Lo que exactamente son el uno del otro, es lo que se llama COMPLEMENTO.

Es imposible pretender que dos piezas iguales se encajen para hacer funcionar un engranaje, sólo se logra el buen funcionamiento del mismo, cuando éstas son complementarias. Del mismo modo sería imposible poner en marcha la maquinaria de la familia si las dos piezas fundamentales se autodefinen como iguales.

Cuando un hombre y una mujer deciden formar una familia, deben ser bien concientes de que uno de los dos, por lo menos, se tiene que ocupar de atenderla. El funcionar como “uno”, no significa hacer las mismas cosas.

Es cierto que muchas veces el ingreso del varón no es suficiente para mantener el hogar y la mujer se ve obligada a incrementarlo, buscando un empleo. Pero la mujer que es madre, ya tiene un trabajo aunque éste no sea remunerado. En decir que lo que se deberá encontrar, es una segunda alternativa que le permita no descuidar su obligación primaria, que es, el ocuparse de su familia, como podría ser el trabajar desde su casa, de tal modo que se logre la armonía y el orden entre las dos actividades.

La tarea de ser padres muchas veces obliga a guardar títulos universitarios y hasta los propios sueños en el cajón de la cómoda, para sacarlos del polvo algunos años más tarde. En muchos casos, recién después de que los hijos logren realizar los suyos. No obstante, la recompensa es grande, tanto, que no dudaríamos ni por un minuto, el volverlo a hacer, con las mismas ganas, la misma alegría y la misma abnegación.

http://es.catholic.net/educadorescatolicos/695/320/articulo.php?id=22606